miércoles, 20 de junio de 2012

La Mar

La mar, hermosa e hipnótica mar... Inclemente mar.
Navegaba el ya vetusto petrolero por el piélago, con las bodegas a rebosar de su negra carga; y a la mar no le agradó. Desató sus furias y dejó que cabalgasen en caballos de espuma sobre las olas; llamó al céfiro que acudió gustoso a jugar con las náyades y sirenas, ajenos al triste deambular de los mortales y se ensombreció aún más la noche; las estrellas relucieron brevemente en el infinito firmamento, palidecieron y se ocultaron a la vista tras un espeso manto de nubes. Y la luna, la luna se dormía, oculta su cara al sol y mecida y arropada por la bruma.
El carguero se agitaba entre las olas, los motores fallaron y, sin rumbo, quedó a la deriva. La mar se embravecía por momentos y soltaba sus azotes contra el casco, en un festín de algas y espuma. Y rugían inclementes los Tritones, mientras Eolo soplaba sobre ellos, incrementando de este modo su furia. El magnífico Zeus, desde su trono en el Olimpo, jugaba también, arrojando sus rayos luminosos, que zigzagueantes caían en la mar iluminando los cielos. Y la mezcla fulgurante del estruendo y la luz, el pavoroso sonido y la intermitente claridad, ensombrecieron el corazón de los marinos, que, siguiendo un atávico ritual, entonaron sus salmos y cánticos, implorando ayuda a sus dioses, para que los liberasen del fatídico destino que parecía aguardarles.
Y aunque los hombres fueron socorridos, el navío zozobró. La mar, inmisericorde, se lo tragó. En su constante y funesto azote consiguió escorarlo, abrió en él una vía de agua y lo anegó en parte. El buque, a la deriva, se partió en dos, siendo engullido entre las olas. Pero, herido de muerte, soltó su carga; toneladas de negro y viscoso petróleo que ensombreció el océano. Y éste se sintió agredido y desató aún más su ira. Así, ayudado por los vientos, aceleró sus corrientes y dirigió la mortal y sombría amenaza hacia las costas -si el buque de la tierra venía, que la tierra pague su osadía-, tiñendo de negro cientos de kilómetros de litoral, tintando las rocas y alfombrando las playas del viscoso, oscuro y fétido elemento, que la descomposición, durante siglos, de la propia tierra, había producido. Por lo que toda vida que aferrada a las rocas discurría, desapareció para siempre y aquélla dotada de movimiento, se mudó mar adentro en busca de otras costas mejor oxigenadas.
Los hombres sintieron ese azote. Los hombres, que de la mar vivían, sabedores también de su veleidad, pero no le guardaban rencor, pues la amaban. La amaban más que a sí mismos. La amaban como se ama lo magnífico e inalcanzable. La amaban y morirían por ella. Los hombres se adentraron en las aguas, dotados de guantes y ropas protectoras, y con todos los medios a su alcance, dispusieron lo necesario, entregando su esfuerzo y sus vidas, para limpiar esa costa herida y salvar las playas atezadas. Y lucharon denodadamente, en una batalla perdida contra la mar bravía. Hasta que ésta, cansada ya de juegos con los dioses, agotada de tantas agitaciones, pidió sosiego a los vientos y la calma reinó en su superficie. Las nubes se retiraron y el sol iluminó nuevamente la costa.
Durante varios meses, los marineros limpiaron la superficie de la mar, rasparon las rocas para eliminar el veneno, tamizaron las arenas de las playas. Entonces, paulatinamente, las rocas fueron adquiriendo nuevamente la vida que les había sido arrebatada; los peces volvieron a buscar su alimento en los arrecifes y las playas fueron eliminando los últimos restos de negrura y viscosidad.
Y casi un año después, las mismas gentes que tan heroicamente habían luchado contra la tragedia, navegaban en sus pesqueros en pos del sustento diario, orgullosos de su esfuerzo y de que éste no había sido baldío. Pero la mar, ajena a la piedad, desató nuevamente su furia y esta vez, en esta ocasión, no fue el navío cargado con betún el que sufrió su inclemencia; esta vez fue el pequeño pesquero, que, con diez tripulantes a bordo, volvía orgulloso a su puerto, para descansar en el peirao de una larga jornada de pesca, con sus redes repletas del pescado que les sustentaba.
Y la mar batió contra la nave, arrojando a sus tripulantes a las aguas, llevándosela hasta las profundidades con toda su carga dentro y también el último aliento de sus moradores. Nuevamente la mar se salió con la suya. Nuevamente la mar se llevó vidas humanas. Nuevamente la mar nos mostró su inmisericordia. Y nuevamente la mar seguía siendo amada por aquellos que a despedir a los suyos acudían.
Y a los que un día la mar limpiaron, ella se los llevó cual mantis devorando al macho que la insemina.
¡Cuán injusta la mar, que permite se salven los que la agreden y se lleva, en cambio, a los que dejaron su esfuerzo en socorrerla!
Pero los hombres seguirían amándola y seguirían buscando en ella el sustento de sus vidas, aún a riesgo de perderlas.
Sirva este relato como homenaje a aquellos que la mar, mi adorada mar, nos ha arrebatado.

viernes, 8 de junio de 2012

Notas


Éramos veintidós los que salimos aquel día. Tomamos las primeras copas en Casa Ciríaco y nos las jugamos a los chinos -perdio El Pringao, para variar-; las últimas, ya al día siguiente, en La Cabaña de Alivio -también para variar-. Allí me hice hombre -en el sentido de hacerse hombre para los hombres que llaman hacerse hombre a mantener relaciones sexuales con una mujer por primera vez-, pagando, por supuesto; aunque no fuí yo quién pagó, lo hizo El Pringao -de nuevo para variar-. Dos días después amanecí solo, porque sólo amanezco solo cuando me dejan solo. Margarita La Gorda estaba en la habitación contigua con Manolo Pisuerga y Juan Abastos; y Pepita La Amante en la de enfrente, con Antoñito Bálano y Jacintín Ruiz; el resto del grupo seguía de botellón en la Plaza de los Plebeyos. Carmencita La Cándida se bañó desnuda en la Fuente de los Querubines. Aparecieron dos agentes del orden con la intención de detenerla por escándalo público; pero, ante la exuberencia de Carmencita y el bochorno de la noche estival, decidieron acompañarla en tan higiénica actitud; por lo que acabaron los tres no sólo lavándose en la fuente... y ya no recuerdo más.
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Llegamos tarde y, a pesar de mis dudas, nos acogieron casi con entusiasmo. Una mujer madura salió a nuestro encuentro saludándonos efusivamente y con suma afectación, casi con veneración, que a todas luces resultaba fingida. Nos ofreció a buen precio las cuatro habitaciones de la segunda planta, sobriamente decoradas y con el único inconveniente de disponer de un cuarto de aseo común. Como el precio se adaptaba a nuestra precaria economía aceptamos el trato. Nos repartimos entre las habitaciones y, vestidos para la ocasión, salimos a confundirnos entre el ajetreado ambiente nocturno.
Ya casi amanecía cuando me retiré a la pensión; tras una ardua ascensión por la escalera, trastabillándome de continuo y agradeciéndole al pasamanos su colaboración en el ascenso, llegué a la habitación que me había sido asignada. Sobre la que se suponía debería ser mi cama yacía en todo su esplendor el desmesurado cuerpo de Margarita la gorda.
-Cachisssss -pensé-, ya podría ser Carmencita.
En la otra cama, Manolo Pisuerga hacía ímprobos esfuerzos por desenfundarse la camiseta. Desde el pasillo escuchamos la estruendosa voz de Juan Abastos:
-Cagüenlaleche, ¡qué peste!
Salimos todos al pasillo salvo Margarita -seguía despatarrada sobre la cama- y fuimos atacados por un olor nauseabundo. El pútrido aroma procedía del cuarto de baño; había luz en su interior, asomaba tras la puerta, lo suficiente entornada para impedirnos ver el interior. Jacintín Ruiz se acercó a ella y con las yemas de los dedos de su mano diestra la empujó enégicamente, al tiempo que mantenía la distancia.
Ante nosotros la escena más dantesca, patética e hilarante que he visto en mi vida: El prigao sentado con los pantalones bajados hasta los tobillos sobre el retrete -lo que hasta cierto punto pudiera parecer normal, de no ser porque se olvidó de subir la tapa-, una pasta incalificable asomaba entre sus carnosos glúteos, resbalando por sus piernas; una papilla pardusca de aroma inconcebible se esparcía a brochazos por las paredes, se deslizaba lentamente en pequeñas láminas de similares tamaño y forma por el espejo, goteaba desde el techo, a modo de oscuras estalagtitas pegajosas, se escurría por la cortinilla del baño, se diseminaba por el suelo en pequeñas montañitas viscosas... y azotaba nuestras pituitarias casi con saña. Ante tamaña visión, a Pepita le dio un ataque de risa histérica y de sus fosas nasales salieron dos pequeños globos acuosos que se inflaron brevemente hasta explotar en el aire... y ya no recuerdo más.


lunes, 7 de mayo de 2012

La carta


Tras leerla, coloqué la carta sobre el cenicero, encendí el mechero y dejé que ardiera -me gustó el aroma, a fuego de hogar-. La pavesa levantó el vuelo y se sostuvo unos segundos en el aire, desafiando la gravedad. La hoja se encogió apenas perceptiblemente, como queriendo abrazar los restos que se le escapaban. Creció la llama y vertiginosamente consumió la inmaculada página, dejando sólo favila. Una esquina del folio resistió el embate, un triangulillo de pocos milímetros que se aferraba a la grisácea ceniza. El aroma siguió invadiendo la estancia, grato aroma a papel quemado. Con un dedo rocé levemente los restos, la ceniza se esparció, y entre el gris pizarra un trocito apenas perceptible de blanco impoluto quedó como vestigio de lo que fue y ya no era.

domingo, 29 de abril de 2012

Lluvia



Es el llanto antojadizo
de los dioses paradoja
infantil para los vivos:
tromba purificadora
de penas, dolor y miedos;
y mortaja en la derrota.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Destino


Llega ante la verja que proteje la entrada a la vivienda; se encuentra abierta, como esperándole. A un par de zancadas dos amplios escalones de mármol, flanqueados por una barandilla, terminan ante la inmensa puerta de madera barnizada en caoba -nótase en ella la mano del ebanista, por las molduras esculpidas en el marco, el sutil torneado de su contorno y el primoroso resalto sobre la puerta-; la aldaba, tallada en madera, es un desnudo cuerpo de mujer, del tamaño algo mayor que una mano, exquisitamente acabado y cuyas delicadas formas llevan a los sentidos a perderse en ensoñaciones más propias de una fogosa juventud, que de la madura prestancia del visitante. El autor de esta puerta no sólo ama la madera, también a la mujer que posó para él y que tan bellamente fue esculpida. Y al tomarla para llamar, siente como si estuviese mancillando la puereza. Es tan solo un leve estremecimiento, una sensación de desasosiego que dura milésimas de segundo, como si tocase en verdad el cuerpo virgen de la mujer deshonrándolo con su lujuria. Retira avergonzado y velozmente la mano y la aldaba cae sobre el llamador con un golpe seco, el sonido se eleva como si una orquesta de violines iniciase una tarantela de armoniosa lírica, finalizando en un par de bruscos acordes, que pueden oírse en cualquier estancia de la casa. La puerta se abre ante él, y un muchacho le recibe sonriente. Intenta decir algo, pero el chiquillo, con un leve gesto, se lo impide, invitándole al mismo tiempo a traspasar el umbral para penetrar en una amplia sala, que hace las veces de distribuidor y recibidor. Cuatro enormes columnas de mármol la custodian, así como protegen la estructura del edificio. El marmóreo suelo se halla bellamente alfombrado y las paredes de la estancia dejan ver hermosos tapices de alegres motivos campestres. Y frente a él dos enormes, negros y profundos, ojos de mujer. Dos ojos que le traspasan, indicándole, sin palabras, que los siga... Y los sigue. Sigue a la mujer como hipnotizado, a través de la sala y hacia una puerta semioculta, que se confunde en la pared y parece abrirse sola en cuanto llegan a su altura. Nada ve de su interior, tan solo negrura, una absoluta opacidad -en contraste con la luminosidad de la estancia en que se halla-; la oscuridad le desconcierta y le llena de temor, sus sentidos se ponen a la defensiva; si bien el andar firme y decidido de la mujer que le precede le tranquiliza. Recuerda porqué ha llegado hasta aquí y sonríe. No es más que un atisbo de sonrisa, pero lo suficiente para liberar su angustia, relajarse y afrontar el devenir con menos inquietud. Penetra en la sombría sala tras la hermosa doncella y de repente se siente solo, absoluta y totalmente solo, como si fuese él el único habitante del mundo y nadie más existiese. Y esta inenarrable y agobiante sensación se hace más intensa conforme transcurren los segundos. Ni una brisa, ni un aroma, ni un hálito; nada siente salvo el ronco y monótono golpear del corazón en su pecho, el constante fluir de su sangre. No hay suelo bajo sus pies, ni techo sobre su cabeza. Está suspendido en la nada, flotando en una negra atmósfera de vacío. Le duelen todos los sentidos; los ojos de mirar y no ver; la piel, indescriptible la percepción de su piel, en contacto tan sólo con él mismo, con su propia carne. Y como único sonido, el de su propio organismo, el latido de su corazón y el devenir de sus fluidos, los humores hirviendo en las entrañas y las venas trayendo y llevando la sangre a su rítmica y constante velocidad. Repentinamente desaparece también el sonido... y comprende. Ha traspasado el umbral y se halla en un nuevo estado que perdurará más allá de lo imaginable. Ya no existen el tiempo y el espacio, ni siquiera la ilusión, ni la posibilidad de sentimiento alguno; sólo el horror del infinito. Quiere gritar, pero ningún sonido sale de su boca, el grito se apaga antes de salir, ya que nada hay donde propagarse. Y quiere llorar, pero tampoco las lágrimas acuden a sus ojos. Y ni tan siquiera puede desesperarse, la desesperación no es un estado que afecte a los muertos.

viernes, 30 de diciembre de 2011

La Aldea


Hoy he subido hasta “O Alto da Cova da Serpe”. El día es espléndido, especialmente luminoso. Dicen que desde esta altura, en días así, puede verse el Faro de Hércules. He querido comprobarlo y sí se ve. Mirando hacia poniente, las lomas descienden y se acercan a la mar y desde las cumbres se ven los valles entre montañas, el verde moteado de más y más verde y el rojo de los tejados de las casas, diseminadas como puntitos entre la espesura. Veo la torre y el contorno difuminado de la mar, la bruma lo confunde en el horizonte con el límpido cielo.
Si miro al sur, ya no aparece la mar ante mí, sino una interminable escalera de montañas; algunas pobladas de ubérrima vegetación y otras asoladas, negras; siento en ellas los efectos del último y reciente incendio. Prefiero no mirar al sur, quizá por mi propensión a la melancolía.
Me vuelvo entonces hacia el oriente y debo proteger mis ojos, usando mi mano a modo de visera, de los rayos solares. Son las primeras horas de la mañana y el sol luce radiante y sé que si camino hacia él me adentraré en una zona boscosa, donde los robles, hayas, castaños, avellanos, abetos, pinos y eucaliptos crecen aún agrestes en parajes apenas hollados por el hombre. Si siguiese esos bosques, me conducirían hasta las estribaciones de las montañas, viejas montañas erosionadas, majestuosas aún -algunas de nieves casi perpetuas-, en la frontera con una tierra áspera y cobriza, precursora de inquietudes y aventuras.
Y por fin, miro hacia el norte; el monte desciende y sobre sus laderas se agazapan, casi se pueden tocar, las casas de piedra con sus tejados de pizarra y el humo del hogar encendido que se eleva desde las chimeneas hasta desaparecer sin dejar rastro en la inmensidad del azulado cielo. Veo los corrales, los pajares, las cuadras; los antiguos hornos de pan y los campos cultivados, inmensos prados donde los animales pastan, donde los labradores se desvelan en la recolección de las cosechas; los árboles frutales… Y allá, al fondo, en el valle que ampara la montaña, está la aldea; triste y solitaria, apenas trescientos habitantes, mortecina y apagada entre tanta luz natural. Vacía ya de jóvenes; sólo los más viejos se afanan en dejar sus vidas pegadas a la madera de castaño de las puertas de sus pétreas casas. La carretera ha quedado en desuso, los vehículos que circulan por la rápida y desangelada autopista no disponen de tiempo para detenerse. Una aldea entre bosquecillos, al pie de la montaña de la leyenda, de la que ya casi nadie recuerda el nombre y en la que nadie parece enorgullecerse de haber nacido.

lunes, 12 de diciembre de 2011

El mejor amigo

Marcos caminaba sobre las arenas de la playa en compañía de su hija.
-Papá, té noto un poco triste.
-¿Por qué lo dices?
-No sé, hablas poco, papá.
Tras unos segundos de silencio, el padre miró a la niña, esbozó una leve sonrisa, la tomó de la mano y le preguntó:
-¿Quieres que te cuente una historia real?
-¡¡Síííí!! ¡Cuéntamela, por favor papi, cuéntamela!
Y Marcos relató:
-Más allá de los confines del mundo vive el más prodigioso y admirable ser que jamás haya existido. Es a la vez el mejor y el peor amante, el mejor y el peor amigo. Tan pronto puede ser el héroe más valiente y denodado, como el cobarde más pérfido y pusilánime; un hombre amable y generoso o el más ruin y traicionero; el más benévolo y cariñoso o el más cruel y deleznable. Pero su mayor característica es que jamás desatiende las llamadas de sus amigos, ni las de sus enemigos; pudiendo llegar a ser un grandísimo compañero, que tanto te lleva por parajes exóticos o por caminos de angustia y de amargura, o por rutas donde la alegría y el gozo se meten en tu alma. Y puede hacerte reír y puede hacerte llorar; y correr mil y una aventuras, adentrarte en el amor o llenarte de odio. Puedes volar con él a los más recónditos lugares, escalar las más inaccesibles montañas o descender a los negros e insondables abismos. Sentir con él los más nobles sentimientos o acometer las más repugnantes acciones. Acceder a los más remotos parajes o reposar en una plácida playa sobre su cálida arena. Recorrer a su lado el infinito universo y perderte entre las estrellas; hablar con los más grandes personajes de la humanidad y con los más perversos. Luchar en mil batallas, rendirte, ganar, perder y morirte con él. Puedes resucitar, morir y renacer. Y pensar y ver lo inimaginable. Inquietarte, amar, soñar, musitar y gritar...
-Pero, papá, ¡todo eso es imposible! -le interrumpió entre risas la niña.
-¿Eso crees tú, hija? ¿Crees de verdad que es imposible? Pues no, no es imposible. Porque este amigo del que te hablo existe en realidad y se llama Libro.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Cementerio

Cementerio Alegre de Sapanta
Son los muertos la memoria
de los que aún estamos vivos;
sus esqueletos cautivos
son retazos de la historia.
Porque goza de la gloria
el espíritu que otrora
habitaba la osamenta.
Si en la calma o la tormenta,
nadie sabe donde mora
su conciencia pecadora...


...pues ninguno lo comenta.

martes, 15 de noviembre de 2011

Honor

“La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura,”  Don Quijote



Honor al deshonor hace
quien con honores la honra,
cuando es honor la deshonra
en el honor se complace.

El deshonor se deshace
al honrarla con honor,
porque es honra darle amor,
y mi honor es darle gloria,
retenerlo en la memoria,
y así muere el deshonor.

miércoles, 26 de octubre de 2011

A golpe de mar

La mar es blanca espuma por la brisa
y leal será tu lengua ya en mi boca;
ardiente como el fuego de tu risa,
que aguanta los embates como roca.

Y quisiera decirte, ya sin prisa,
que es tu cuerpo el aroma que me invoca,
nostalgia de una dulce piel tan lisa
que mi sentido excita y aún provoca.

Como azotan las olas a la costa,
lamiéndola con todos sus deseos,
penetrando su zona mas angosta,

me acarician tus trinos y gorjeos;
susurros de un océano impetuoso,
un huracán que sopla proceloso.

lunes, 24 de octubre de 2011

Me llamaron poeta

Me llamaron poeta por mi verso,
que declama una triste melodía,
un eco de letal melancolía
y es el clamor de todo mi universo.

El grito de dolor que yo disperso,
como negra y siniestra letanía,
desnuda de fervor a mi poesía
y la viste de un hálito perverso.

Fecundos crisantemos son mis flores,
que nacen a la sombra de un ciprés
y tiñen con sus grises mis colores.

Perdido por la savia el interés,
la agonía vital de mis amores
ha roto el aparejo de mi arnés.

...

Al llegar la luz del día
decía
cortándose la coleta
el poeta,
ya arrugado su pellejo,
Soy viejo.
Y así, en un Ovillejo
nos dejó pues el rapsoda
su más grande y mejor oda.
Decía el poeta: Soy viejo.


viernes, 21 de octubre de 2011

Breve relato sentimental

Lo dejó todo, incluso trabajo y aficiones; olvidó a sus amigos; se alejó de su tierra, de su patria, de su casa y de su hogar; para partir con ella y permanecer a su lado; no ya como un báculo que le sirviera de apoyo, sino como parte de ella, para fundirse los dos en un solo ser. Y con ella permaneció durante toda la enfermedad; padeció su deterioro físico; sintió su mismo dolor; lloró postrado ante ella cuando perdió sus cabellos; y la vio consumirse, lenta e irremisiblemente, agotando su vitalidad... Tomó sus manos infinidad de veces, besó sus ojos sin pestañas y su rostro sin cejas; le hablaba a cada instante, y, ocultando las lágrimas, reía con ella. Al final de su trayecto, le inyectó la morfina, mitigando así su dolor, para hacerle llevadera la agonía. Y la vio partir. Estaba con ella el día en que se fue; y quiso irse con ella -se habría ido con ella- pero en ese instante su hijo lo miró.
-¿Te irás tú también, como mamá. Me dejarás solo?
-Tal vez, hijo, tal vez un día me vaya -su sonrisa no ocultaba la amargura-, pero ya no voluntariamente, al menos mientras tú estés aquí.
Y, tras arrojar las cenizas a la mar, padre e hijo volvieron de la mano, con ella reposando para siempre en la memoria, y sabiendo que, aún habiendo perdido lo que más amaban, seguían teniéndose el uno al otro.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Caperucita y el lobo

Ya la tierna y gentil Caperucita
va paseando alegre sin cuidado
y al muy lascivo lobo se ha topado;
quien díjole a la guapa muchachita:

- No tengas prisa mi niña bonita
-añadiendo el feroz lobo malvado-,
retocemos un rato por el prado
y que se espere un poco tu abuelita.

La niña, señalando más allá,
le contestó con suave y dulce voz:
- Que no voy a poder, lobo feroz,
pues no le va a gustar a mi mama.

Y el astuto animal le respondió:
- A tu mamá, chiquilla, le encantó.

El sonido


La observa, reposa sobre la arenisca, el rudo y seco terreno le sirve de hogar. Ya vivía ahí antes de que él naciera. Procede de las entrañas de la tierra; brotó como el sol y se hizo luna, oro ígneo ennegrecido y pulido por el tiempo. Al tocarla se estremece, está fría. Quiere escuchar sus arcanos secretos, el sonido de unas baquetas se interpone; lo elimina; la voz grave y gutural del padre llamando a su hijo, también; la olvida. Se abstrae de su alrededor, quiere escuchar lo inmutable, y le llega el sonido; pero no es la gélida lava lo que escucha, es algo más profundo, un anhelo terriblemente acompasado; infinitas notas bruscas y unicordes, espantosamente rítmicas, se propagan a través del muro sobre el que apoya su pecho; se acompasa con ellas, el dedo anular de su mano izquierda sigue los acordes golpeando contra el muro... y le invade una repentina sensación de espanto; desaparece cuando los dedos dejan de repiquetear; pero el sonido persiste, aún con el mismo compás, se intensifica, añade más instrumentos a la melodía, se eleva y se convierte en sentimientos, en recuerdos; son sus ojos mirándole mientras la mira, es una caricia con rostro, son unos labios que besan, es un aroma que le impregna de dicha, es el sonido del amor. Los chavales alborotan a su lado, rompen el hechizo; su corazón sigue latiendo, pero ya no lo escucha.

domingo, 9 de octubre de 2011

Déjame, vida

¿Por qué me apartas de la sombra horrible?
¿Por qué, vida, me alejas de lo inmune
y por qué me mantienes despejado,
si es mi anhelo perderme en el olvido?

Sufrimiento fugaz que se eterniza
y me obliga a pedir misericordia.
Otórgale descanso a mis pesares;
ya no quiero seguir con la esperanza

estéril de creer en mi existencia.
Arroja al fuego el libro de mi mundo.
No le temo al horror de lo perenne;

esta duda me causa más angustia,
porque es morir, la lógica se impone,
plácida oscuridad sin pensamientos.