jueves, 8 de noviembre de 2012

Cuatro poemas sobre el amor en el cine


La primera película elegida es La Princesa Prometida, de Rob Reiner. Y os puedo asegurar que es una entrañable, magnífica, mágica, emotiva, imaginativa e “inconcebible” película, que comienza: "Érase una vez..."; y termina "...y vivieron felices y comieron perdices.".
Y en medio, el amor verdadero y un compendio de diversiones varias, guiños, frases memorables, lugares encantados y personajes secundarios inolvidables (el Albino, el Obispo gangoso, el milagroso Max y su señora, el Alguacil, Vizzini, la Brigada Brutal, etc, etc.).
Y nos deja un sinnúmero de sentencias para la histora. A modo de ejemplo:
-Mi nombre es Íñigo Montoya. Tu mataste a mi padre. Prepárate a morir.
(Íñigo al Conde).
-No sobreviviremos"
-Tonterías! Sólo lo dices porque nadie lo ha logrado nunca".
(Wesley a Buttercup)
-¡Inconcebible!
-Sigues usando esa palabra. Y no creo que signifique lo que tú crees que significa.
(Íñigo a Vizzini)
-¡Como deseeeeeees!
(Wesley)
-Vamos a buscar al hombre de negro.
-Pero Íñigo, no sabemos dónde está.
-No me molestes con pequeñeces.
(Íñigo y Fessic)
-Alguien ha vencido a un coloso.
(Humperdinck)
Y por supuesto, la más que enternecedora relación entre nieto y abuelo y el encantador juego de rimas entre Íñigo y Fessic.
Nada está fuera de lugar, ni las localizaciones ni la música, ni el atrezo, ni los buenos, ni los malos, ni el príncipe Humperdinck, ni el Conde Rugen con sus seis dedos, ni los títulos de crédito...
Es realmente una de las contadísimas películas verdaderamente para todos los públicos. Ante ella, los niños (y los no tan niños) se olvidan de las palomitas y se convierten en el Pirata Roberts, en Iñigo Montoya o en la inolvidable Princesa Buttercup.
Sólo le pongo una pega, que los 98 minutos que dura se hacen muy cortos.
Acomodaos en la sala, relajaos, retornar a la infancia y disfrutar gozosos de esta fascinante película. Os aseguro que merecerá la pena.

Y tras este preámbulo pasaré a los versos.


El amor verdadero
conforma los cimientos de la vida.
No existen imposibles, toda herida
cicatriza ante el ímpetu sincero
de tan noble esperanza.
Ni muere, ni lo acalla la tortura;
renace como fénix, ave pura
transformando ciclones en bonanza.
Soslaya la paciencia;
ni se arredra ni cede ante el estoque;
discute la evidencia.
Y nada existe, nada, que provoque
tal fuego apasionado
de placer como amar y ser amado.


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La segunda será Medianoche en el jardín del bien y del malUna cinta de Clint Eastwood realmente atractiva y magistralmente interpretada, entre otros, por Kevin Spacey; os la recomiendo.
Una disección muy bien llevada de personajes que deambulan en una sociedad decadente y sureña.

Vayan los versos


La perversa pasión en los amores,
la que oculta la mente pueblerina,
es causa de tragedias y dolores,
de relatos de magia y de rutina.
Pues la historia del crimen
se escribe en cementerios
siguiendo los criterios
de la muerte; y el limen
del alma humana solo se descubre
tras la razón que ampara la mentira.
Un acto depravado e insalubre
conduce hacia la ira.
Escupe sobre el féretro el licor
y ruégale perdones al amor.
Ya queda de los muertos la venganza
que a todos nos alcanza.


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La tercera película elegida será 
Dracula, de Barm Stoker, dirigida por Francis Ford Coppola.
Aunque en el título haga mención al autor de la novela, y si bien casi la sigue literalmente, Coppola -es mi opinión- la rodea de un romanticismo superior a la obra epistolar original, y la suaviza permitiendo que el monstruo (Gary Oldman) se libere por amor.
Me gusta ese Val Helsing interpretado por Anthony Hopkins y el giro de hace Coppola, humanizando un poco el engendro de Stoker, dándole la posibilidad de redimierse por amor (otra visión más del Don Juan). Sangre, amor y odio, la historia de la humanidad.


Vayan los versos


Se pervierte el amor
en un pacto satánico
cuando la fe declina del favor
de Dios y la ortodoxia. Del vesánico
y delirante espíritu abatido
surge un grito profundo de desprecio,
para trocar por odio lo perdido.
Y todo tiene un precio:
es la sangre inocente,
vagar eternamente
por las sombras perversas de la luna
ajeno a la fortuna
Será la pura esencia,
rendirse a su presencia,
quien mude al condenado de su piel,
maldita por la sangre del infiel.


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Y la cuarta será la cinta de Stanley Kubrick, Lolita.
Una adaptación de la novela de Navokov. El relato de una obsesión perversa del padrastro por su hija adolescente.
Excelentes interpretaciones; inconmensurables, James Mason, Peter Sellers y Shelley Winters; y una más que sugerente Sue Lyon como Lolita.


Van los versos


Porque tiene el amor sayal de esclavo
-morbosa sensación incontrolable,
hogar del menoscabo-
convierte en miserable
a aquel a quien los dardos del dios ciego
atraviesan su alma quebradiza,
como lenguas de fuego
pasionales, en una antojadiza
perversión; cuando el último crepúsculo
decente muere, el alma
declina y el latido de ese músculo
que, ante la ingenuidad, ante la calma,
desata los instintos,
nos condena a vivir en el horror,
morando en los recintos
oscuros, depravados, del amor.




domingo, 4 de noviembre de 2012

Vida


Inexorable vida es tu destino
final emparejarte con la muerte.
Tras tu peregrinaje por la suerte,
eludiendo las piedras de un camino

efímero y eterno, libertino,
es hora ya de irse. Se despierte
de ese sueño el mustio cuerpo inerte,
encamine su esfuerzo al desatino

ante el frágil espejo que fustiga
la razón con el látigo punzante
de la vejez desnuda, pues los años
préteritos provocan la fatiga
-carrera infernal-. En ese instante
fatídico remiten nuestros daños.

martes, 30 de octubre de 2012

Ojalá


Las sombras que nublan mis pensamientos siguen ahí; quizá difuminándose, porque ya no tienen esa taciturna tonalidad gris pizarra: se matizan ahora de blanco con irisaciones verde esperanza. Pero persisten. Alguien me dijo que no son sombras, ni nubes, sino dudas. No estoy de acuerdo, para mí son certezas. Se abre una luz; la observo con prudencia; no quiero que sea solo un reflejo que me deslumbre para difuminarse al instante. Quisiera... Deseo -anhelo- que sea la luz del sol y no un efímero destello dorado.

Son doce años ya, toda una vida para muchos; un soplo para mí. Doce años de ausencia, que en cierto modo no ha sido tal, porque los seres que amamos no desaparecen si siguen en el recuerdo. Doce años de íntimo dolor, doce años de incomprensión. Parece que la lacra se rinde, ojalá sea cierto. No volverán los que se han ido, pero su ausencia tampoco habrá sido baldía. Perdurarán en la memoria de los hombres cuando el odio cainita no sea más que una mácula en la historia. No se irá el dolor -nunca lo hará-, pero sí la tristeza, esa losa melancólica que pesa aún como un epitafio mientras dura la existencia.

Y crecerán nomeolvides
sobre las extintas vidas,
ya no habrá más heridas,
ni amores, ni odios, ni lides.

Quizá sea ya el momento para la alegría. Ojalá. Ojalá lo sea.

lunes, 29 de octubre de 2012

Ella


Por momentos ansío su presencia,
en otros, sin embargo, la detesto
-presagio gris y pálpito funesto
por la eterna condena de mi esencia-.

Acaso me remuerda la conciencia
-revivir el pasado es indigesto-
y a pesar de lo amargo de mi gesto
persista el corazón en su cadencia.

En todo caso -cúmpleme decirlo-,
estaré preparado cuando llegue
fatal para romperme el espinazo,

caeré rendido como un mirlo
sin alas en su lecho, aunque juegue
conmigo eternamente en un abrazo.

sábado, 27 de octubre de 2012

La Náusea


Sin preocuparse de su estado, salió de la habitación. No soportaba su ignominiosa presencia; le producía tanta repugnancia, le daba tanto asco y estaba tan al borde de la náusea, que un solo segundo más allí la volvería loca. Al cerrar la puerta tras sí recibió una bocanada de aire fresco; el frío la purificó, limpiándole las inmundicias que habían quedado adheridas a sus ropas, aunque sin llevarse el nauseabundo olor del que se había impregnado su piel. Sus pulmones se llenaron de oxígeno y ello le permitió respirar. Se encaminó directamente a su casa, y al llegar se despojó de las rasgadas vestiduras y las arrojó al cubo de la basura. Desentendiéndose de sus heridas, se dirigió a la ducha, donde se enjabonó de pies a cabeza, restregándose convulsivamente con la esponja, mientras el agua caliente corría por su cuerpo, fumigándola. Y rememoró entonces lo acontecido en el transcurso de las últimas horas.
Se vio sentada en la terraza, terminando la traducción mientras inhalaba el excelso aroma del humeante café que le habían servido, momento en el que él se acercó a saludarla, ella le conminó a sentarse, y allí siguieron un rato, en amena charla.
- Te ayudaré a terminar el trabajo -dijo él-, el mío ya lo he acabado... Pero he de pasar antes un segundo por mi casa para recogerlo.
- Siéntate un momento, mientras lo busco -dijo él tan pronto como entraron en el apartamento, y desapareció tras la cortina.
No se sentó, permaneció en pie, observando, inquieta, la vivienda. Ésta estaba compuesta por una única y relativamente amplia habitación, que hacía las veces de sala, comedor y estudio. Al fondo, frente a la entrada, había una cortina, ligeramente descorrida, tras ella se vislumbraba una inmensa cama, deshecha, una mesilla y una puerta -imaginó sería la del cuarto de baño-; hacia allí se dirigió su acompañante, aunque en ese momento no lo veía. A su izquierda, un pequeño escalón daba acceso a la cocina y a una mesa con cuatro sillas. A su derecha, un amplio tresillo, directamente orientado hacia el aparato de video-televisor, sobre el que se veían varias cintas que, presumiblemente y por sus carátulas, debían ser de fuerte contenido erótico, y una amplia y baja mesa de mármol con un horroroso juego de jarrones de cristal y varias revistas con mujeres desnudas en sus portadas. Las paredes eran oscuras, de un color rojo vivo muy intenso. Y la iluminación, oculta tras un falso techo de escayola, coloreado en rosa, le daba el aspecto de un club de alterne.
Y en ese instante, él surgió inopinadamente tras la cortina. Venía completamente desnudo, y se abalanzó sobre ella como un poseso, arrojándola al suelo y montándose encima a horcajadas. Quedó tendida sobre su espalda, magullada, con un intenso dolor en el costado y soportando el peso del hombre, que, mientras la abrazaba fuertemente, le esparcía las babas por la cara, en un intento de acceder a sus labios con un beso.
Se resistió pateando, sacudiéndose y golpeándole instintivamente con los puños y con toda su alma. Y sintió entonces como él la abofeteaba varias veces. El dolor acudió a sus mejillas y la sangre que salía de su ceja, corrió a mezclarse con la que manaba de su labio partido. Entonces cedió en su resistencia, perdió las fuerzas y le falló el ánimo; se rindió. Y él, al notarlo, cesó un poco en su presión; enérgicamente le separó las piernas y le rasgó las bragas, abriéndole asimismo la blusa y dejando al descubierto sus pechos tras romper el sujetador. Ella notó su miembro, erecto, que iniciaba desgarrándola la penetración y comenzó a llorar, desesperada. Pero en ese instante lo vio. Vio el jarrón roto, a su lado, que se había caído durante el forcejeo, y comprobó las aristas afiladas del cristal. En cuanto pudo, aprovechando la tenue relajación, asió el trozo de vidrio con su mano derecha y lo dirigió al cuello de su agresor, quien adivinó sus intenciones; pero en su intento por esquivarla tan sólo consiguió que la afilada arista le entrase por un ojo, traspasándolo, taladrándole la visión, hasta clavarse en su cerebro. Echó las manos sobre su rostro herido mientras gritaba, aullando desaforadamente, de dolor, tambaleándose arrodillado en el suelo y lacerado de muerte.
Ella se incorporó como pudo y tras una última mirada a aquel despojo que gemía en un rincón, lisiado para siempre, sintió las arcadas y vomitó. Vomitó y dejó allí su hiel y su bilis; y salió del lugar, humillada, magullada, mancillada, herida, dolorida, sucia y asqueada.
Horas después, sentada ante la juez y al amparo de la psicóloga, con sus hematomas curados, una venda en su mano diestra y varios puntos sobre la ceja y su labio partido, narraba el relato de lo acontecido mientras las lágrimas caían de sus ojos, otrora alegres y ya tristes y sombríos.

viernes, 19 de octubre de 2012

Tristeza



Lleva ceñida sobre su cabeza
una hermosa corona; una guirnalda
le separa el cabello de la espalda
en diadema de azul y gran belleza.

Se mueve con la grácil gentileza
del cisne. Su mirada la respalda
-más aún que lo corto de su falda-;
sus ojos, de letal delicadeza,

se clavan en los míos, me desnuda
de mentiras, desgaja mi interior
e invade mis entrañas de pavor.
porque me muestra, gélida, la cruda

realidad: Mi fatal melancolía
impide que me abrace la alegría.

jueves, 11 de octubre de 2012

El jardín de las delicias

Tienes, niña, la cara arrebolada,
¿es quizá por el beso que te di
en los labios con lengua? Dime si
sentiste algún placer, o acaso nada.


¿Perturbó tu impasible luz de hada
-porque yo, la verdad, me estremecí-
advertir que posabas junto a mí,
o es tu mueca sensual disimulada?

Contengo la pasión que se desliza
eterna y suavemente por mi piel
si creo la verdad de tus caricias;

así que miente, calla y eterniza
esos dulces momentos de burdel;
sigue siendo el jardín de las delicias.

viernes, 21 de septiembre de 2012

·Ernesto


Ernesto camina a grandes trancos por el centro de la calzada, ajeno a la lluvia. Lleva un sombrero de ala ancha y subido el cuello de su gabán, un amplio y sombrío abrigo que le llega casi al suelo, le cubre por completo, deja tan sólo al descubierto sus ojos, los bajos de sus pantalones de oscura lana y las negras botas de piel, con las que, al andar, chapotea sobre los adoquines. Deambula como hipnotizado, absorto, con la mirada fija en un punto concreto del horizonte, sin percatarse de lo que acontece a su alrededor.
La calle es lo suficiente ancha como para permitir el paso de un carruaje; con amplias aceras a los lados, formadas de grandes bloques de piedra granítica y separadas por una sucesión de múltiples baldosines, también en piedra. A ambos lados hay edificios; desiguales bloques de ladrillo, piedra y adobe, en su mayoría destinados a viviendas, sobre los que se erigen innumerables chimeneas, de las que se elevan los humos de la combustión de la leña en los hogares y de las primitivas calderas de calefacción. Y desde el aire, además del humo y las chimeneas, áticos y azoteas destacan entre los monótonos tejados de negra pizarra, sobre los que, a modo de estandartes, despuntan algunas veletas, vigías incansables atentas a cualquier cambio en el rumbo de los vientos. Negras farolas de hierro forjado mitigan la oscuridad con su tenue luz de gas.
La niebla lo abraza todo, suele hacerlo habitualmente en esta época, se aposenta en la ciudad, desplazándose a sus anchas, alimentándose de la luz y llenando de humedad las calles, las plazas, los parques, los jardines, incluso las casas, sus viviendas; cubriéndolas con un velo gris, un tupido manto que limita la visión. Y no viene sola; una lluvia constante la acompaña, una lluvia sutil, permanente, que precede a la bruma, la espera y la acompaña, quedándose incluso cuando ésta ya se ha ido; una llovizna que flota en el aire, con minúsculas, casi imperceptibles, gotas de agua que se suspenden brevemente en el espacio, antes de caer, como desafiando la gravedad.
Pero Ernesto sigue caminando, sin resguardarse, ajeno a las vicisitudes del tiempo, como si no tuviese ya necesidad de guarecerse del chaparrón. Su oscuro ropaje se ha vuelto gris; ha adquirido esta tonalidad por las gotas de lluvia que caen sobre él, sin resbalar, adhiriéndose, fundiéndose; gotas de agua aferradas a sus vestiduras, formando parte de su indumentaria. Y Ernesto no siente la humedad, camina tan abstraído, tan ajeno a todo, que ni tan siquiera escucha el sonido de la carroza que se acerca, ni atiende a la voz del cochero que le grita desde el pescante, ni percibe el trotar de los cuatro percherones que arrastran la calesa. Y tampoco se entera cuando es arrollado por las bestias, a pesar de los intentos del cochero por detenerlas.
Los cascos pisan sobre su anatomía, hiriéndolo y lacerándolo, lo arrastran por el suelo mojado, en un crujir de huesos, embarrándolo y desangrándolo. El cochero logra detener el carruaje y calmar a las yeguas, se apea y acude en auxilio del hombre que acaba de atropellar.
Ernesto está postrado en una blanca cama de hierro; y, mientras unas manos expertas le cosen y zurcen la piel, le entablillan sus miembros y le hurgan en las entrañas, evoca las circunstancias que le han llevado a tan calamitoso estado, cuando, despechado, tomó el abrigo y su sombrero y partió, en la noche y sin rumbo fijo, con la intención de no volver jamás.
Los galenos examinan su cuerpo. Varios hombres tocados de blancas batas, mancilladas en rojo, con bisturís, erinas, lancetas, escarpelos, sangraderas y demás instrumentos médicos, rebuscan en los entresijos de su organismo. “Para encontrarme el alma”, piensa él. Pero su alma ya no está en ese cuerpo. Está suspendida en el aire, observando, viéndose recostado en la mesa de operaciones, rodeado de extraños seres que le son ajenos y que, con sus pinzas, hienden y rajan en él... Es consciente de su estado... Y piensa, antes de desaparecer eternamente,: “Lástima, tendría que haberme despedido, al menos de los amigos, ahora ya no podrá ser”.
Su recuerdo perdura aún entre aquellos que le tuvimos por amigo.




martes, 4 de septiembre de 2012

El Castillo (grandilocuente relato gótico) I


Estaba cansado y me detuve a mitad de jornada; quería darle reposo a mi cabalgadura. Tenía aún tres días por delante para recorrer las cinco leguas que me separaban del punto de destino, y ante los negros presagios del día anterior, no quise que me abrazara la noche en los inquietantes páramos que se abrían ante mí. Me dirijí a la posada de Mendo Ruiz, el único lugar habitado hasta mi destino; buen pienso para la yegua y para mí -partiría al alba, caminando parejo con el sol-. Instalé la montura y me apresté al descanso. Antes de subir a los aposentos, me acomodé en una de las mesas del comedor, presto a beber un poco de vino y acompañarlo con algunas viandas. El ambiente era cálido y acogedor; la chimenea permanecía encendida y siete de las ocho mesas que llenaban el local estaban ocupadas. Tras la segunda copa, me uní a la conversación de los lugareños, la cordialidad que imperaba entre ellos contribuyó a ello. Un hombre menudo, con una gran mata desordenada de cabello gris, que crecía errática sobre su braquicéfala cabeza -las arrugas de su rostro, además de conferirle un aspecto de venerable ancianidad, denotaban experiencia-, no cesaba de mover sus vivarachos ojos azules mientras hablaba. Una rústica y poblada barba blanca ocultaba las heridas del tiempo; acompañaba sus palabras con el movimiento acompasado de unas manos de dedos largos y curtidos por la intemperie. Entonaba las palabras con una claridad pasmosa, las dejaba caer, como acariciándolas; y a cada pausa en su narración engullía un sorbo de vino -de una copa que los contertulios se encargaban de mantener siempre llena-, chasqueaba la lengua, cerrando los ojos, aspiraba levemente y continuaba el relato:
Se encontró sola en aquel ruinoso castillo; alejado de toda civilización y enclavado en lo más alto de la colina. Un vigía tenebroso orientado a los cuatro vientos; un pináculo obsceno erigiéndose como mano alzada en pos de los luminosos astros, ensombreciendo, aun en la noche, los prados adyacentes. Antaño morada de disolutos y despóticos aristócratas, en donde los gritos de terror en la noche, los aullidos de ignotas bestias, los lamentos y quejidos, se fundían con las risas soeces y procaces, con los cánticos obscenos y con las más rebuscadas blasfemias. Grandes aposentos, destinados a la lujuria, a la depravación, a la concupiscencia, a la promiscuidad. Donde los poderosos, en su grosería, se entregaban a todos los vicios. Un lúgubre castillo, en una terrorífica noche sin luna ni estrellas -noche oscura y amenazante, cubierta toda ella de nubarrones aún más negros que su espesura-.”
El viejo detuvo su cadencia; y , mientras inclinaba ligeramente su cabeza hacia atrás, cruzó los dedos de ambas manos entre sí, impulsó los brazos hacia adelante y hacia abajo, dejando el dorso de éstas a la altura de su pecho, e inmediatamente las separó y movió desacompasadamente los dedos. Todos permanecimos en silencio, observándolo mientras ingería un buen trago de vino, Posó la copa ya vacía sobre la mesa, nos miro furtivamente y retomó el relato -estuve tentado de interrumpirlo, pues ignoraba el principio, pero desistí al instante y le dejé continuar- :
Sintió el azote de los vientos contra la fortaleza. Un temporal de agua y granizo azotó las almenas, las murallas, amenazando los pilares, silbando entre las piedras; un ulular constante, un sonido continuado, como si los muros gimiesen de dolor ante el flagelo del despiadado céfiro. Y el aire, en torbellino, penetró por todos los intersticios del alcázar. Y con él llegaron también otros sonidos, como evocaciones del pasado. Sonidos olvidados se despertaron de nuevo; gemidos de placer y de goce; súplicas vehementes; clamores de desesperación; suspiros de opresión y de sofoco; lamentos de pesadumbre; rugidos y bramidos mezclados con gritos atormentados... Y el rumor, amalgándose con el vendaval, creció en intensidad, se escuchó claro y nítido; y trajo con el viento conversaciones acaecidas siglos atrás. Y vio, o creyó ver, seres etéreos, grotescos y feroces que la rodearon, seres fantasmagóricos que la maldecían. Y vio sangre en las paredes, como si la propia alcazaba hubiese sido herida de muerte y dejase escapar su vida, desangrándose a través de sus pétreos muros.
-¿Qué queréis de mí, espíritus diabólicos? -gritó, y su voz se perdió entre los sonidos de la noche-. ¿Por qué me atormentáis? -volvió a gritar-. Me habéis citado y aquí estoy, mostraos, pues no os temo.
Repentinamente el viento cesó...”
El viejo interrumpió bruscamente el relato, se quedó petrificado con los ojos fijos en la puerta de entrada al local. Todos miramos. Una sombra lúgubre, apenas perceptible, invadió la sala, una neblina inquietante, acompañada de una ráfaga de viento helado, ensombreció el umbral y se disipó al instante. El viejo parpadeó, pasó la mano diestra por delante de los ojos, como para eliminar la sombra, observó unos segundos la puerta, carraspeó, recorrió la estancia con la vista lentamente y bebió un buen sorbo de vino. La inquietud se apoderó de los presentes, al menos eso me pareció. Yo sentí un ligero estremecimiento, se me erizaron los pelos y una sensación de pesadumbre se abatió sobre mí... y desapareció tan repentinamente como llegó. Miré al viejo; una sonrisa indulgente amparaba su rostro; carraspeó nuevamente, bebió otro sorbo y continuó con el relato:
Repentinamente el viento cesó y un silencio sobrecogedor invadió el castillo. La mujer cerró los ojos, respiró profundamente y lanzó nuevamente su desafío:
- Estoy aquí, espíritus infernales, he acudido a vuestra llamada; he cumplido mi pacto.
Su voz sonó como el graznido de un cuervo, áspera y seca. Esperó la respuesta que no llegó. Entonces ordenó:
- ¡Mostraos!
El castillo tembló, las piedras crujieron y la oscuridad se acrecentó...


domingo, 2 de septiembre de 2012

Carpe diem


Non fui non sum non curo, carpe diem.
Para qué preocuparme yo de aquello
que de las manos huye en un destello
y no tiene cabida en un harem.

Ante todo problema digo: “ejem,
¿por qué debo agobiarme yo por ello,
ya que solo me importa el sexo bello,
la comida y seguir la vida ad rem?”

En todos los pecados de este mundo
la conducta correcta viene implícita,
ya que siempre es cómplice la duda

-sabemos que no existe el sí rotundo-,
porque toda pasión en vida es lícita
y jamás la verdad está desnuda.

viernes, 31 de agosto de 2012

La última singladura



Recuerdo una tarde de verano, en la playa, paseando por la orilla y la marea baja. Me tropecé con un hombre mayor, miraba los restos apenas perceptibles de la madera del casco de una barcaza. Era una madera oscura, casi negra, semienterrada en la arena, apenas se distinguía del fondo de matices rocosos. Y pensé: "He ahí un anciano capitán despidiéndose del esqueleto de su bergantín, hundido por piratas tras una cruenta y desigual batalla...” Pero al final sólo me quedaron estos versos:

Regresas navegando, barquichuelo,
desde la mar azul de mil matices,
a la cercana costa, para el duelo
y a tu casco curar las cicatrices.

Descansa, bergantín, ven y descansa,
reponte de la larga travesía,
acude a fondear en agua mansa,
acércate y reposa en la bahía.

Sanarán tus heridas del combate,
pero sabes que acaban ya tus días;
dejaste de las olas el embate
y en tus velas va escrita tu osadía.

Es tu fin, marinero, es tu condena.
Recogen lentamente tu estandarte,
para dejar tus restos en la arena.
Has cumplido y es hora de olvidarte.

Y al anciano que mira tu esqueleto
e hipotecó contigo sus venturas,
el corazón de orgullo bien repleto
le queda al recordar tus singladuras.

viernes, 20 de julio de 2012

Algunos apuntes



En invierno trabajo en las inmediaciones de La Avenida del Martirio, en su confluencia con La Calle de Las Angustias y El Pasaje de Las Miserias. Yo resido en El Callejón de Sal Si Puedes, que está protegido de los vientos, y tiene al fondo unas amplias y bajas balconadas que me amparan de los cambios de temperatura. Como para llegar hasta él hay que pasar por la Cuesta de Rómpete El Alma, vivo en la más absoluta tranquilidad, sin la presencia de los desagradables merodeadores nucturnos. También me pilla cerca del trabajo, soy el primero en aparecer por la mañana, con mis pañuelos de celulosa, para venderlos -al módico precio de un euro el paquete de diez- a los conductores, cuando detienen sus vehículos en los semáforos de la zona. Aprovecho las primeras horas de la mañana, porque es cuando se forman los atascos y los vehículos se detienen más de la cuenta; los conductores están algo nerviosos, pues temen llegar con demora a sus destinos, así que me compran los pañuelos con el único objeto de que les deje tranquilos y no les provoque mayor inquietud. Me saco unas pelas, que me dan para la comida, el tabaco y unas botellas de vino rioja -debo conformarme con el cosechero- que adquiero en oferta a 1,10 € en el Carrefour de la Calle de La Pesadumbre -también me saco un extra con el trapicheo, pero esto lo negaré en público-. Tengo un par de clientes -clientas, diré mejor- que me tratan con suma amabilidad, incluso me han invitado a sus casas, pero me he negado en rotundo, ya se sabe: "donde ganes el cocido, lo demás para el olvido". Bueno, el caso es que así trancurren mis inviernos.
En verano es otro el cantar; porque me dedico al alquiler de hamacas a los turistas en la playa. Y como, gracias a la benignidad del tiempo, el estío se alarga durante casi todo el año -para reposar tan sólo un par de meses en invierno y volver con renovadas fuerzas ya antes de su crepúsculo, a darle la bienvenida a la primavera-, me cunde muchísimo. No es que me saque un pastón con estos menesteres, la vida está mu achuchá y los guiris no gastan mucho en tumbonas, se nota la crisis, pero aún así obtengo luengos beneficios; y además las damas más maduritas, a las que atiendo con mi encanto natural, untándoles la crema protectora solar y contándoles historias de la flora y fauna local, con cierta dosis de intriga y por supuesto, inventadas, me tienen en gran estima y me invitan al hotel con bastante asiduidad, por lo que participo en sus fiestas y saraos, tomándome las copas a su salud. Yo les enseño la vida nocturna, como experto cicerone, y ello me reporta unos ingresos extra.
Los jueves por la noche, los reservo para mí, los dedico a la escritura. Ya voy por la página 2.123 de mi libro, que trata sobre el juego del mus, "La importancia del 7 en las 31", que de seguro se convertirá en un best seller; tendrá un éxito sin precedentes.
La Playa de Los Suspiros es un arenal de unos seis kilómetros de litoral y unos doscientos metros de gigantescas dunas, que separan la mar de la zona urbanizada. Un lugar eminentemente turístico. La Avenida del Tumulto, que baja directamente desde la autopista, es la que da acceso a la rotonda que rodea la Plaza del Cadáver, desde la que se llega al aparcamiento de la playa y las demás calles de la población. La primera desviación a la derecha, llegando a la rotonda desde la avenida, es una callejuela peatonal llamada La Pista del Compungido; y en ella, en los bajos del cuarto edificio a la izquierda, se halla la Cervecería Equión, lugar de reunión por antonomasia del mundillo literario y bohemio de la comarca. Ni qué decir tiene que es el lugar que he elegido como centro de operaciones.
Entre los asiduos a la tertulia se encuentran el Profesor Quintaesencia, el Doctor Ampollas, Don José Casquete, Luis el Pringaíllo, Teresa Lamour, Ágatha Castro de Alaya y Pérez de Rimbombante, yo mismo y Caín el Bizarro -curioso personaje, éste-, entre otros. La cervecería tiene también una sala de juegos, donde se forman timbas que en ocasiones duran una eternidad. En una de esas timbas, hago mis pinitos con el mus. Abelardo el Aireao es mi pareja en el juego. La música -por supuesto, en vivo- corre a cargo del grupo vernáculo La Miscelánea y Jijó Llas Ban.
Pues bien, toda esta vida mía, acaba de romperse. He conocido a Vanessa La Implacable. La más hermosa mujer que jamás haya existido. De una belleza atávica y eterna, un sol deslumbrante que apaga todo aquello que le rodea con su fulgor. Verla aparecer es hacerse el silencio, todas las miradas puestas en ella, expectantes y admiradas; la primera impresión te ciega, como si salieses a la luz tras un año encerrado en la más completa oscuridad, y la segunda te abstrae del mundo, porque solo existe ella.
Pues Vanessa la Implacable se fijó en mí, dejó por una milésima de segundo que su mirada altiva y penetrante se posase en mí. Entró en Equión, en la hora punta, todos supimos de su llegada y todos dejamos de hacer lo que estábamos haciendo para contemplarla; un suspiro de admiración barrió el local. Y ella entonces, me miró e hizo un gesto apenas perceptible como indicándome que la siguiera, sentí la envidia refugiándose en el corazón de los presentes.
Evidentemente la seguí, me habría ido con ella a los mismísimos infiernos... Y esto mismo creo que es lo que está sucediendo, porque siguiendo su estela me estoy adentrando en un espacio más allá de lo terrenal, una sensación onírica me invade y las imágenes se difuminan ante mí, mostrándome lugares encantados y seres grotescos que van mucho más allá de mi capacidad de comprensión... Yo la sigo y que sea lo que dios, o el diablo, quiera...

miércoles, 20 de junio de 2012

La Mar

La mar, hermosa e hipnótica mar... Inclemente mar.
Navegaba el ya vetusto petrolero por el piélago, con las bodegas a rebosar de su negra carga; y a la mar no le agradó. Desató sus furias y dejó que cabalgasen en caballos de espuma sobre las olas; llamó al céfiro que acudió gustoso a jugar con las náyades y sirenas, ajenos al triste deambular de los mortales y se ensombreció aún más la noche; las estrellas relucieron brevemente en el infinito firmamento, palidecieron y se ocultaron a la vista tras un espeso manto de nubes. Y la luna, la luna se dormía, oculta su cara al sol y mecida y arropada por la bruma.
El carguero se agitaba entre las olas, los motores fallaron y, sin rumbo, quedó a la deriva. La mar se embravecía por momentos y soltaba sus azotes contra el casco, en un festín de algas y espuma. Y rugían inclementes los Tritones, mientras Eolo soplaba sobre ellos, incrementando de este modo su furia. El magnífico Zeus, desde su trono en el Olimpo, jugaba también, arrojando sus rayos luminosos, que zigzagueantes caían en la mar iluminando los cielos. Y la mezcla fulgurante del estruendo y la luz, el pavoroso sonido y la intermitente claridad, ensombrecieron el corazón de los marinos, que, siguiendo un atávico ritual, entonaron sus salmos y cánticos, implorando ayuda a sus dioses, para que los liberasen del fatídico destino que parecía aguardarles.
Y aunque los hombres fueron socorridos, el navío zozobró. La mar, inmisericorde, se lo tragó. En su constante y funesto azote consiguió escorarlo, abrió en él una vía de agua y lo anegó en parte. El buque, a la deriva, se partió en dos, siendo engullido entre las olas. Pero, herido de muerte, soltó su carga; toneladas de negro y viscoso petróleo que ensombreció el océano. Y éste se sintió agredido y desató aún más su ira. Así, ayudado por los vientos, aceleró sus corrientes y dirigió la mortal y sombría amenaza hacia las costas -si el buque de la tierra venía, que la tierra pague su osadía-, tiñendo de negro cientos de kilómetros de litoral, tintando las rocas y alfombrando las playas del viscoso, oscuro y fétido elemento, que la descomposición, durante siglos, de la propia tierra, había producido. Por lo que toda vida que aferrada a las rocas discurría, desapareció para siempre y aquélla dotada de movimiento, se mudó mar adentro en busca de otras costas mejor oxigenadas.
Los hombres sintieron ese azote. Los hombres, que de la mar vivían, sabedores también de su veleidad, pero no le guardaban rencor, pues la amaban. La amaban más que a sí mismos. La amaban como se ama lo magnífico e inalcanzable. La amaban y morirían por ella. Los hombres se adentraron en las aguas, dotados de guantes y ropas protectoras, y con todos los medios a su alcance, dispusieron lo necesario, entregando su esfuerzo y sus vidas, para limpiar esa costa herida y salvar las playas atezadas. Y lucharon denodadamente, en una batalla perdida contra la mar bravía. Hasta que ésta, cansada ya de juegos con los dioses, agotada de tantas agitaciones, pidió sosiego a los vientos y la calma reinó en su superficie. Las nubes se retiraron y el sol iluminó nuevamente la costa.
Durante varios meses, los marineros limpiaron la superficie de la mar, rasparon las rocas para eliminar el veneno, tamizaron las arenas de las playas. Entonces, paulatinamente, las rocas fueron adquiriendo nuevamente la vida que les había sido arrebatada; los peces volvieron a buscar su alimento en los arrecifes y las playas fueron eliminando los últimos restos de negrura y viscosidad.
Y casi un año después, las mismas gentes que tan heroicamente habían luchado contra la tragedia, navegaban en sus pesqueros en pos del sustento diario, orgullosos de su esfuerzo y de que éste no había sido baldío. Pero la mar, ajena a la piedad, desató nuevamente su furia y esta vez, en esta ocasión, no fue el navío cargado con betún el que sufrió su inclemencia; esta vez fue el pequeño pesquero, que, con diez tripulantes a bordo, volvía orgulloso a su puerto, para descansar en el peirao de una larga jornada de pesca, con sus redes repletas del pescado que les sustentaba.
Y la mar batió contra la nave, arrojando a sus tripulantes a las aguas, llevándosela hasta las profundidades con toda su carga dentro y también el último aliento de sus moradores. Nuevamente la mar se salió con la suya. Nuevamente la mar se llevó vidas humanas. Nuevamente la mar nos mostró su inmisericordia. Y nuevamente la mar seguía siendo amada por aquellos que a despedir a los suyos acudían.
Y a los que un día la mar limpiaron, ella se los llevó cual mantis devorando al macho que la insemina.
¡Cuán injusta la mar, que permite se salven los que la agreden y se lleva, en cambio, a los que dejaron su esfuerzo en socorrerla!
Pero los hombres seguirían amándola y seguirían buscando en ella el sustento de sus vidas, aún a riesgo de perderlas.
Sirva este relato como homenaje a aquellos que la mar, mi adorada mar, nos ha arrebatado.

viernes, 8 de junio de 2012

Notas


Éramos veintidós los que salimos aquel día. Tomamos las primeras copas en Casa Ciríaco y nos las jugamos a los chinos -perdio El Pringao, para variar-; las últimas, ya al día siguiente, en La Cabaña de Alivio -también para variar-. Allí me hice hombre -en el sentido de hacerse hombre para los hombres que llaman hacerse hombre a mantener relaciones sexuales con una mujer por primera vez-, pagando, por supuesto; aunque no fuí yo quién pagó, lo hizo El Pringao -de nuevo para variar-. Dos días después amanecí solo, porque sólo amanezco solo cuando me dejan solo. Margarita La Gorda estaba en la habitación contigua con Manolo Pisuerga y Juan Abastos; y Pepita La Amante en la de enfrente, con Antoñito Bálano y Jacintín Ruiz; el resto del grupo seguía de botellón en la Plaza de los Plebeyos. Carmencita La Cándida se bañó desnuda en la Fuente de los Querubines. Aparecieron dos agentes del orden con la intención de detenerla por escándalo público; pero, ante la exuberencia de Carmencita y el bochorno de la noche estival, decidieron acompañarla en tan higiénica actitud; por lo que acabaron los tres no sólo lavándose en la fuente... y ya no recuerdo más.
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Llegamos tarde y, a pesar de mis dudas, nos acogieron casi con entusiasmo. Una mujer madura salió a nuestro encuentro saludándonos efusivamente y con suma afectación, casi con veneración, que a todas luces resultaba fingida. Nos ofreció a buen precio las cuatro habitaciones de la segunda planta, sobriamente decoradas y con el único inconveniente de disponer de un cuarto de aseo común. Como el precio se adaptaba a nuestra precaria economía aceptamos el trato. Nos repartimos entre las habitaciones y, vestidos para la ocasión, salimos a confundirnos entre el ajetreado ambiente nocturno.
Ya casi amanecía cuando me retiré a la pensión; tras una ardua ascensión por la escalera, trastabillándome de continuo y agradeciéndole al pasamanos su colaboración en el ascenso, llegué a la habitación que me había sido asignada. Sobre la que se suponía debería ser mi cama yacía en todo su esplendor el desmesurado cuerpo de Margarita la gorda.
-Cachisssss -pensé-, ya podría ser Carmencita.
En la otra cama, Manolo Pisuerga hacía ímprobos esfuerzos por desenfundarse la camiseta. Desde el pasillo escuchamos la estruendosa voz de Juan Abastos:
-Cagüenlaleche, ¡qué peste!
Salimos todos al pasillo salvo Margarita -seguía despatarrada sobre la cama- y fuimos atacados por un olor nauseabundo. El pútrido aroma procedía del cuarto de baño; había luz en su interior, asomaba tras la puerta, lo suficiente entornada para impedirnos ver el interior. Jacintín Ruiz se acercó a ella y con las yemas de los dedos de su mano diestra la empujó enégicamente, al tiempo que mantenía la distancia.
Ante nosotros la escena más dantesca, patética e hilarante que he visto en mi vida: El prigao sentado con los pantalones bajados hasta los tobillos sobre el retrete -lo que hasta cierto punto pudiera parecer normal, de no ser porque se olvidó de subir la tapa-, una pasta incalificable asomaba entre sus carnosos glúteos, resbalando por sus piernas; una papilla pardusca de aroma inconcebible se esparcía a brochazos por las paredes, se deslizaba lentamente en pequeñas láminas de similares tamaño y forma por el espejo, goteaba desde el techo, a modo de oscuras estalagtitas pegajosas, se escurría por la cortinilla del baño, se diseminaba por el suelo en pequeñas montañitas viscosas... y azotaba nuestras pituitarias casi con saña. Ante tamaña visión, a Pepita le dio un ataque de risa histérica y de sus fosas nasales salieron dos pequeños globos acuosos que se inflaron brevemente hasta explotar en el aire... y ya no recuerdo más.